Campo verde, campo verde y más campo verde. Alguna vez, un puente o una casa pequeña junto a unos árboles rompen la monotonía del paisaje. Así de aburrido es lo que se ve a través de la ventana junto a la que voy sentada. A mi otro lado, un chico moreno, con gafas y al que la adolescencia le ha marcado la cara va enganchado a un ordenador con unos auriculares blancos. Duerme. Su cabeza flota en el aire y casi hace de mi hombro su almohada. Del resto del vagón no tengo noticias.

La vista no me llega al resto de viajeros porque los asientos cercanos a mí están desocupados. Solo se oyen algunos comentarios que yo no alcanzo a escuchar porque estoy envuelta en el jazz de Ray Charles. La verdad es que tampoco me interesan, yo soy más de mirar.

El ambiente que se respira no es agradable. Hay una mezcla de perfumes baratos y olor a pies -y a lo que no son pies- que casi se hace imposible distinguirlos. Sin embargo, el olfato se acaba acomodando.

El trayecto Madrid-Jaén desde luego no se caracteriza por ser una delicia. Asientos incómodos que no te dejan estirar las piernas y una voz femenina, que lejos de ser sensual, lucha por que no te olvides de dónde estás y hacia dónde vas. Por eso, dormir para que el tiempo corra más deprisa -el trayecto dura 4 horas- resulta una misión imposible.

Creo que no podría haber elegido un sitio mejor para comenzar mi blog. Desde hace tiempo me apetecía tener un rincón mío, y solo mío, en Internet, pero hasta hace poco no le había encontrado un nombre. Pensaba que si no era capaz de definir ese espacio con dos o tres palabras, cómo iba a serlo después de rellenarlo con otras muchas. Menos mal que eso cambió hace dos días. Y desde luego no fue sentada en el sofá de casa. Ocurrió en un concierto, entre salto y salto y mientras gritaba parte de una de las canciones. "¡Qué te voy a decir!" ¡Claro! Nada podía definir mejor el nombre de este blog.

Ya es de noche. El paisaje ha dejado de existir. Parece que vamos todo el rato atravesando un túnel. El chico de al lado ya se ha despertado. No sé con qué o con quién habrá soñado pero le ha puesto muy nervioso. No para de moverse y parece que no encuentra nada con lo que entretenerse. O sí. Mira de reojo mi bloc de notas. Primero con el rabillo del ojo, después va girando la cabeza disimuladamente hasta que pierde el pudor y le da igual que yo me entere de su nuevo pasatiempo. Solo me falta invitarle a que me dé su opinión sobre lo escrito. ¡Que le vamos a hacer, es un voyeur de las letras! En realidad me da igual, no hay nada que esconder.

¡Qué te voy a decir, si yo acabo de llegar!