El amor llega cuando menos te lo esperas, o no, también puedes ir tú a buscarlo, vaya que se pierda por el camino. ¿Cómo? Por ejemplo, uniéndose a una red social, llamémosla meetic. El funcionamiento es muy simple: seleccionas una franja de edad, un código postal y el máximo de kilómetros de distancia a los que quieres que esté tu conquista. Por supuesto no hay que olvidar marcar si lo quieres con foto o no, aspecto importante.
Un día se me ocurrió la maravillosa idea de registrarme, porque dos amigas ya lo habían hecho antes. Me contaban entusiasmadas todos los hombres interesantes que deambulaban por ahí. Yo nunca he creído en esas historias, pero en uno de esos momentos de aburrimiento –o mejor dicho, en los que me gustaría aburrirme, porque cosas para no hacerlo tengo muchas- me dije a mí misma, “¿y por qué no? Vamos a ver qué se cuece por ahí”. La verdad es que nunca me ha gustado eso de hablar con desconocidos por Internet, porque vete tú a saber con la clase de depravados con los que te puedes encontrar ¡Como si no fuera suficiente con esquivarlos en la vida real! Sin embargo, ahí que fui yo. Rellené solo algunos datos personales (estatura, color de pelo y ojos y poco más) y colgué una foto de perfil (nada de sensualidades, una de lo más normal).
Al principio me resultaba muy entretenido: te envían flechazos, te mandan emails diciéndote lo guapa que eres y tratan de hablar contigo través del Chat de la página. Hasta ahí bien, nunca llegué a contestar a ningún correo ni hablé con un tío por el Chat, pero a todas nos gustan que nos digan lo monas que somos. Eso sí, miraba la foto de otros chicos y les lanzaba todos los flechazos que fueran posibles. Total, eso es como ir por la calle y silbar a un buenorro que pasa por tu lado.
El caso es que en una ocasión me dio por charlar uno. Parecía majo, se había metido ahí “por casualidad y yo era la única tía con la que hablaba”. Al final me pidió el número de teléfono y yo como una tonta se lo di (maldita la hora, pero como no se decir que no…por eso me pasan las cosas que me pasan). Hablamos durante una semana o así y después sonó mi teléfono. Obvio, la primera vez que me llamó no se lo cogí. La segunda, tampoco. La tercera, tampoco. La cuarta, tampoco. Y así, sucesivamente. Dejamos de chatear después del segundo intento. O era un obseso o no se enteraba de que pasaba de su culo (yo me decanto más por la primera opción).
Mientras tanto, una amiga parecía haber encontrado el amor de su vida: un hombre simpático, amable, atento… como un galán de telenovela, vamos. Y la otra, tres cuartas de lo mismo.
Dejé de entrar en meetic. Solo de vez en cuando abría mi cuenta para leer emails, ver qué chicos me habían visitado y reírme un rato (porque eso sí, hay cada uno…). Cuál es mi sorpresa cuando voy leyendo correos y entre los “qué guapa eres”, “me gustaría conocerte más” o “¿me dejas ser tu príncipe?” me encuentro un par de ellos, digamos que diferentes.
"Ya sé que no soy lo que buscas, pero mientras lo encuentras, quieres ser mi "Lolita"? Iré a Madrid el jueves. Besos y suerte en tu busqueda"
"Hola preciosa, que tal?...Te interesan las relaciones esporádicas, sin compromiso ni malos rollos?...Quedar, conocerse, y si hay feeling, disfrutar, repitiendo de vez en cuando....Besos"
"Hola, tienes una cara preciosa…te apetece quedar para lo que surja??"
¡¡¡Pero por dios!!! ¡¡Si en la foto salgo muy tapadita!! Supuse que esto era algo normal, que a todas le llegaban este tipo de correos. Pero cuando pregunto a mis amigas si a ellas les había llegado alguno, resulta que no, que parece ser que no les pasa a todas. Claro, si algo puede pasar, a mí me va a pasar.
En fin, mi experiencia en meetic no fue tan fructífera como la de mis amigas (a las que en alguna ocasión imaginé en el Diario de Patricia, o como se llame ahora, conociendo a sus cibernovios en plató). La verdad es que el motivo por el que me registré fue para pasar el rato, y vaya que si lo pasé. Dediqué parte de mi valiosísimo tiempo en silbar a los tíos buenos a través de flechazos, en vez de dedicarlo a otros menesteres.
En definitiva, a pesar de lo que muchos puedan pensar, para mí Internet no es el cupido del siglo XXI.
!--EndFragment-->!--StartFragment-->
